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Pedro Arturo Gómez es un tipo difícil de encontrar

Es profesor de la Facultad de Filosofía y Letras y de la Escuela Universitaria de Cine y Televisión. Nerd, melómano, intelectual, animal político; Pedro se mueve todo el tiempo, su libertad es su mayor tesoro y nunca está solo. “Mi patria son mis amigos”, afirma. Un viaje por las cosas que lo apasionan.

Gentileza: Pedro Gómez

En una esquina, en un bar de Barrio Norte, en una mesa alejada. Pedro Arturo Gómez espera mientras fuma un cigarrillo. Va al gimnasio, nada y anda en bici pero también fuma. El tiempo nos traiciona y la mejor opción es elegir un lugar dentro de la cafetería que él eligió.

“Me encontrás de casualidad en Tucumán”, dice. Es viernes y usualmente ese día lo pasa en Santiago del Estero, donde da clases en la Universidad Católica. Es un tipo difícil de encontrar. Pasa sus días dando clases en la Facultad de Filosofía y Letras y también en la Escuela Universitaria de Cine y Televisión.

Tiene 55 años que no aparenta, algo que se lo dicen seguido. “Le pago a mi entrenador para eso”, asegura con una mueca de satisfacción. La entrevista comienza con él contando anécdotas de las entrevistas que realizó para El Periódico: “Una vez le hice una nota a Gladys La Bomba y en un momento me dijo: ‘¿Querés verme llorar?’ y la tipa lloró mientras me miraba, un momento maravilloso”.

Pedro trabajó en radio, gráfica y televisión, sin embargo, no se define como periodista. Entre otros, entrevistó a Lucas Victoriano, Gumersindo Parajón y también a Antonio Bussi; sobre él cuenta: “Tenía un cassette puesto para hablar del Operativo Independencia, obviamente adujo que fue una guerra y que sólo cumplían su deber. Mientras lo escuchaba pensaba en lo que había hecho. No disfruté para nada hablar con él, fue un momento muy fuerte”.

Es difícil seguir un camino sin desvíos en la charla, Pedro hizo de todo y cada cosa que cuenta es intensa y apasionante. El café se termina pero comienza un viaje por su pasado, por su casa en Villa Luján, donde vivió hasta los seis años y luego por su hogar en Villa 9 de Julio, donde reside actualmente.

Entre historietas, dibujos y jazz

“De mi vieja heredé el gusto por el teatro y por la literatura. Pasaba horas leyendo las enciclopedias de mi tío. Me volví fanático de la mitología griega, sabía el nombre de todos los dioses. Cuando me compraron historietas conocí a Gilgamesh El Inmortal y a Nippur de Lagash y me voló la cabeza. Era el típico gordito nerd”, relata Pedro Gómez. Su vida empezó como un cliché.

Indica que nunca le gustó el fútbol. Su padre, uno de los primeros socios de Sportivo Guzmán, lo llevó a la cancha pero él se aburrió. Fue hasta que un día conoció a los superhéroes, esos que eran como dioses griegos pero con capas y una simpatía terrenal. “Tengo el recuerdo de mi viejo trayéndome historietas. Un día llegó con una edición de Linterna Verde, eran los Años de Plata de DC Comics. Eso cambió mi vida”, confiesa.

Un día, el joven Pedro Arturo vio junto a sus padres por televisión algo que parecía ser un milagro: el hombre pisaba la luna. Los límites de su imaginación se expandieron. Mientras tanto, su padre intentaba transmitirle su gusto por el jazz teniendo más éxito que con el fútbol. “Se escuchaba mucha música en casa, una vez por mes mi papá traía un disco nuevo”, repasa con nostalgia.

De escaparse de clases a ser el bibliotecario de la escuela y los libros que no se quemaron

Antes de ser licenciado en Letras y realizar posgrados en otros países, Pedro no era un estudiante modelo y así lo detalla: “Iba al colegio mercantil y odiaba eso. No me gustan los números. Así que me escapaba, iba con mis compañeros a ver carreras de caballos. Me expulsaron y mis padres me castigaron de todas las formas posibles, sin embargo, seguía con mi idea de estudiar humanidades”.

Ese adolescente rebelde se salió con la suya, terminó en el Colegio Nacional y no sólo fue un estudiante ejemplar, sino que fue director de la revista colegial y se hizo cargo de la biblioteca. El mismo oficio que tuvo su madre.

La charla toma un desvío momentáneo para hablar de dibujo: “Dibujo muy bien, hice cursos y todo pero no tengo tiempo de dedicarme a eso”, cuenta. Recuerda también que ganaba sus monedas vendiendo dibujos. Con esa plata le pagaba a un chico fornido y buen peleador para que se encargara de un tal Cristiani que lo fastidiaba.

El tema de la biblioteca del Colegio Nacional regresa con una anécdota que retrata los años oscuros de la década de 1970: “Estaba expuesto en un lugar representativo para esos años, la biblioteca era un lugar terrorífico para el imaginario de los militares. Como en la película Fahrenheit 451, se quemaban libros. Un día, la directora de la escuela me mostró donde los escondía para que no fueran eliminados, era un compartimiento secreto de cristal y me dijo ‘me da pena quemarlos’. Para mí fue un momento mágico”.

El despertar y su siglo de las luces

“Era el único hijo de mis viejos. Ellos tuvieron algunas pérdidas trágicas y se aferraron a mí. Me sobreprotegían, pero cuando terminé la secundaria quería irme de casa como sea. Por cosas del destino terminé cursando la carrera de Licenciatura en Letras de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT”, cuenta quien actualmente es titular de las cátedras de Lengua y Comunicación y Teoría de la Comunicación I en ese establecimiento.

Tiempo antes de recibirse se interesó por la etnografía del habla, acompañaba a un amigo que estudiaba biología en zonas de alta montaña. Al mismo tiempo que se interesó por el montañismo, se le ocurrió la idea de realizar una tesis sobre el habla de pastores trashumantes de las cumbres calchaquíes. Así, durante tres años hizo antropología lingüística. Lo más curioso, es que para ganar la confianza de lo pobladores realizó tareas campestres.

Fue algo novedoso para la época, gracias a hacer antropología lingüística, hoy enseña antropología audiovisual en la Escuela de Cine ubicada en Yerba Buena. Además, eso le posibilitó obtener una beca para estudiar en México de 1990 a 1993. “Hice una vida de liberación, fue fabuloso”, afirma.

El amor, algo que no logró concretar

“Ocurrió que la profesora de Semántica Lógica tuvo que viajar y tuve mi primer experiencia dando clases en México por un año. Tuve un affair con una estudiante japonesa que estaba casada. Todos los chistes y películas donde describen la situación de esconderse en un armario las viví en la vida real”, cuenta Pedro entre risas.

Asegura que desde chico nunca le despertó tantos deseos vivir una experiencia romántica. No se enamoró cuando era joven y recién en la facultad pudo descubrir lo que sus amigos ya habían vivido. Un diagnóstico freudiano diría que su líbido estaba puesta en los libros que leía y sus historietas. Lo cierto es que nunca renegó de eso: “Tuve varias amantes mujeres, quizás porque tenía una energía desinteresada y eso a veces atrae”.

Tuvo sus novias en México y cuando regresó al país, pero en su mayoría eran mujeres casadas. “Cuando me analizo entiendo que estaba con mujeres casadas para no formalizar nada, porque me negaba a tener una relación seria”, detalla. En ningún momento de su vida soñó con ser padre de familia, ni casarse. “Admiro profundamente a los que eligieron ese modo de vida, yo no tengo la madurez suficiente”, dice.

“Salí del clóset hace poco tiempo, alrededor de diez años. Siento que siempre supe que era gay pero lo reprimí toda la vida. Estar con mujeres era una forma de negación. Fue difícil pero tuve el apoyo siempre de mis amigos, ellos son mi patria. Creo que la sociedad evolucionó y tolera los cambios sociales pero no los acepta, esa es la clave”, confiesa tomándose su tiempo para elegir las palabras correctas que describan lo que siente.

En este momento afirma estar tranquilo, parafraseando a las revistas de espectáculos. No tiene pareja y tampoco busca. Tiene encuentros ocasionales pero está en una etapa donde el amor de pareja pasó a otro plano. “Sufrí mucho el desamor, el problema soy yo, no las personas que me gustaron. No les gusté porque básicamente no tenían la misma inclinación sexual que yo. El amor te desestabiliza, te saca de tu eje, te deja caer en un vacío”, describe.

Pedro vive solo y no tiene hijos, aunque forma jóvenes desde hace años. Entonces, aprende de ellos códigos que hacen que constantemente esté poniéndose al día y aggiornándose. Por ejemplo, con la tecnología. Asegura que podría enseñar toda su vida porque lo disfruta. La familia que le queda vive en Córdoba, donde viaja todas las navidades a ver a sus sobrinos.

El cine y la música, pasiones que lo acompañan

Pedro lamenta algunos pases de factura que a su cuerpo le pesan. Los dolores en su rodilla y en su columna no lo abandonan. Las horas pasaron y la entrevista parece una charla entre dos amigos. “Acabo de decidir que voy a pedir una cerveza negra”, dice el profesor. Ante la pregunta de qué está viendo, me cuenta las series con las que se relaja al llegar a casa: “Me encanta New Blood, es una de las series inglesas que estoy viendo, es sobre dos detectives, uno iraní y otro polaco. Muy interesante. Estoy por empezar la última de House of Cards también”

Pedro habla de cine todo el tiempo, acota situaciones con escenas de películas. Vive del cine y la crítica literaria es algo que hace permanentemente. Ahora les habla a todos de la magnificencia de Gal Gadot y de la nueva Wonder Woman. Vio tres veces la película sobre la heroína y no deja de sorprenderse con la actuación de Chris Pine en el film.

Afirma que algunas de las películas de su vida son: Metrópolis (Fritz Lang, 1927), Stalker (Andrei Tarkovsky, 1979), Blade Runner (Ridley Scott, 1982), Nadar solo (Ezequiel Acuña, 2003) y Batman, el caballero oscuro (Christopher Nolan, 2008). El enmascarado lo acompaña desde que se impresionó por los números de Neil Adams y la oscuridad de un personaje que parecía que nunca se dejaba conocer del todo.

Mientras cuenta que volverá a incursionar como productor de cine, luego de haber colaborado en el documental de Pablo Giori Hardcore Punk en Tucuman: 10 años de rock y autogestión, comienza a hablar de música: “Me encanta Japandroids, mezclan el punk con sintetizadores. Me vuela la cabeza. También escucho a Miss Bolivia y mucha cumbia electrónica”.

Es de las pocas personas que llegaron antes a la música electrónica que al rock. Cuando conoció Kraftwerk decidió que seguiría la música electrónica por el resto de su vida. Luego llegó a Giorgio Moroder, Depeche Mode. Ahora escucha Savages, Chromatics o Arcade Fire. ¿Y  lo nuevo que sale en Tucumán? “No, el pop anémico no me gusta”.

La noche llega, Pedro dice que disfrutó la charla, también que se divierte con el 95% de lo que hace, el otro 5% se trata de corregir parciales, algo que volverá a hacer este año. No tiene ataduras, su bici es su medio de transporte y casi forma parte de su cuerpo. Viaja de la forma, la velocidad y por los lugares que desea.

“En tres semanas me voy a Europa”, revela. Estará un mes en el viejo continente visitando amigos en París y España. No llevará a su compañera pero alquilará una con la que hará paseos en Eslovenia. Por último y antes de despedirse expulsa algo que resume toda la charla: “Mi vida es todo menos aburrida”.

Joaquín Espeche