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Nota de opinión

La violencia mata y no entiende de colores

Emanuel Balbo murió luego de ser empujado de una tribuna por ser tildado de ser hincha de otro club. Una reflexión sobre la violencia y, en particular, la violencia en el fútbol.

Captura web.

Emanuel Balbo llamó a su padre horas antes que su equipo, Belgrano, jugara el clásico ante Talleres en el estadio Mario Kempes. “¿Me prestás $300 para ir a la cancha, papá?”, preguntó el joven de 22 años, quien se había mudado seis meses atrás a la casa de unos tíos en Colonia Dora. Dejó la casa de sus padres en Ampliación Ferreyra para evitar tener problemas con Oscar Sapito Gómez, la persona que chocó a su hermano de 14 años mientras corría una picada en 2012 y con quien el destino lo cruzó en la cancha. Horas más tarde, Emanuel se convertiría en la víctima número 318 por violencia en el fútbol, en 95 años.

El relato de Lucas Ortega, el amigo que acompañó a Balbo a ver el partido, es aterrador. "Cuando terminó el primer tiempo y la gente se sentó, vi que el Sapito empezó a mirar hacia arriba, como buscando a Emanuel. Nosotros estábamos parados y de golpe apareció con varios hombres. Lo empezó a increpar y a insultar. Sapito me reconoció pero la cosa era Emanuel. Yo traté de defenderlo, pero él y los otros empezaron a golpearlo", relató el joven.

“Traté de meterme, agarré de los brazos a uno de los que le pegaba, pero eran muchos. Ahí Sapito empezó a gritar que Emanuel era de Talleres y se sumaron otros a pegarle. La gente se amontonó y no pude bajar, fui quedando cada vez más arriba. De golpe a Emanuel no lo vi más y empecé a escuchar que la gente gritaba que habían tirado a un hincha”, agregó Ortega en su declaración.

Hasta ahora, el de Lucas Ortega es el único testimonio relevante para la causa. La fiscal Liliana Sánchez cambió la carátula de tentativa a homicidio, pese a la defensa de la abogada del imputado, Mónica Pico, que aseguró que Gómez no tuvo intervención en el hecho ni figura en fotos ni videos. Mientras tanto, la AFA analiza un castigo ejemplar para Belgrano: no volvería a jugar en el Kempes en lo que resta del año o quedaría desafiliado del fútbol argentino.

No vale la pena preguntarse si es un caso aislado, si fue un triste corolario de una pelea o un problema personal. No vale la pena porque cuando Balbo corría, varios le pegaron, muchos le gritaron y todos miraron. Porque la razón de que sea simpatizante de otro equipo (no lo era) alcanzó para castigarlo por su mala elección. Cuando cayó al piso lo insultaron y le robaron las zapatillas.

La abogada de Gómez también afirmó que la víctima había pensado en tirarse para escapar del salvajismo de los hinchas de la tribuna Willington, que su muerte cerebral se debió a haber caído con mayor impulso del que tenía, al ser empujado no pudo controlar cómo caer. ¿Es acaso lo importante? A lo largo de casi 30 metros de alto, Emanuel bajó rápidamente esquivando los golpes de personas que se sumaron con violencia a la mentira de Balbo. De haber sido un hincha de Talleres, hablaríamos solamente de la violencia generada por la intolerancia.

Todos podemos ser Emanuel Balbo, cualquier persona puede creerse con la autoridad de decir que somos hinchas del equipo rival en una cancha y por eso podríamos sufrir y hasta morir: sólo por querer colores distintos. Caso contrario, ¿la salvación sería probar nuestra fidelidad al club con algún tatuaje, contarles a esas personas ofuscadas sobre algún jugador histórico o tal vez alguna anécdota que dé muestras de nuestro fanatismo?

Se escucha por estas horas a muchos panelistas o pseudo periodistas con intenciones sociológicas dar una explicación sobre esta violencia inentendible. No hace falta ser Anthony Giddens para notar la intolerancia general que existe, las discusiones que suceden en la vía pública todos los días y por diversos temas. Es cierto, además, que dentro de ese contexto cruel y salvaje, existen diversos ámbitos: facultades, bibliotecas o cines, donde no es común que ocurran escenas de violencia. De todas maneras, pareciera que esa intolerancia convive con nosotros permanentemente y sólo necesita un ambiente propicio para emerger. Un ambiente como la cancha.

Así como decimos que en una cancha nos puede pasar lo mismo que a Emanuel si alguien nos tilda de ser hincha de otro equipo, también hay que decir que en ese lugar se silba y se insulta con una autoridad que ninguna persona tiene en otro lugar. La cancha crea la rivalidad, un hincha de Atlético y otro de San Martín en la peatonal Muñecas no van a insultarse, pero en un estadio, sí. Lo que habría que preguntarse es ¿qué componentes tienen lugar en una cancha que simbolicen un permiso para desatar nuestra furia contra un lateral derecho o contra alguien que se compró una camiseta de distinto color?

Muchas son las medidas que se piensan para que la violencia deje de ocurrir en eventos deportivos: quitarle puntos a los equipos organizadores del evento, multas económicas, no permitir hinchas visitantes y hasta suspender todos los partidos. Me recuerda a lo que se hizo con los boliches cuando ocurrieron casos de femicidios resonantes que implicaban a figuras de la política. La violencia no se terminó, los femicidios mucho menos.

Mirar a Europa es una analogía recurrente. Nadie puede dudar del fanatismo por el fútbol en otros países. Es una falacia que la pasión es sólo argentina. Lo que ocurre en el derby vasco entre Real Sociedad y Athletic Bilbao parece algo imposible de imitar: es uno de los clásicos más añejos del fútbol europeo, sin embargo, los hinchas de ambos equipos comparten tribunas y no por eso dejan de gritarse goles o cargarse.

Da la sensación que casos de violencia en el fútbol van a seguir ocurriendo aunque no vayan hinchas visitantes a las canchas o se cobren multas millonarias. Si se sigue cantando que se van a matar a hinchas del clásico rival o si se sigue pensando que usar la indumentaria de un club es provocar, se continuará gestando una raíz violenta que florecerá en casos de violencia física.

El salvajismo que desciende del hombre primitivo y de la evolución según Darwin, la pulsión de muerte que encierra todos los deseos inconscientes de un individuo de morir o matar según Freud, o el estado de naturaleza y la fuerza salvaje de las personas de Rousseau son teorías que hablan de una energía interna que busca resurgir. Para Michael Foucault el Estado vigila y castiga para suprimir y para reprimir ese deseo.

El problema es que no contamos con un Estado que sancione leyes para que esto no suceda, para prevenir actos fuera de la ley, ni tampoco un Estado que estimule buenos actos. Así estamos.