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Sociedad

“No lo hago por mí sino por todas las que vienen después”

Un supuesto caso de abuso sexual se hizo público hace algunas semanas. El actual panorama de violencia de género que vive la provincia hoy la obliga a contar su caso: “Él sigue libre, mañana podría ser cualquier otra”.

El lugar dónde sucedió el abuso.

¿El caso de Micaela no fue suficiente? Un imputado por dos casos de violación la violó y asesinó sin mediar motivos, sin mostrar un poco de vergüenza. Hoy, un imputado por abuso sexual sigue jugando en un torneo donde mujeres y hombres hacen deportes por igual.

Este es el caso de una mujer (que no será nombrada para preservar su identidad) que logró escaparse de una posible violación. Ella lo cuenta porque puede, porque quiere, porque necesita, porque esto es decir “ni una menos”, esto es cuidarse entre mujeres, esto es sororidad.

Su caso, que actualmente está en instancias legales, no puede, no debe quedar impune y la sociedad debe repudiar, aborrecer al macho y obligar a la justicia a actuar como corresponde.

Según el relato de la víctima en primera persona, el 10 de diciembre de 2016, esta joven tucumana salió de una fiesta de Crossfit que se realizaba en un reconocido boliche de Yerba Buena. Eran las seis en punto cuando decidió abordar un taxi para encontrarse con unos amigos en una sanguchería ubicada a metros del canal que divide dicha ciudad con la capital.

Previo a abordar el taxi, un conocido, le preguntó si podían compartir el vehículo, ya que se trasladaban hacia la misma dirección por avenida Aconquija.

La joven tucumana, en cuyo relato se basa esta nota, frecuentaba un torneo de fútbol femenino, en unas canchas donde también se realizan torneos masculinos. Ambos se conocieron en este mismo espacio de complicidad, quizás por eso a la joven “jamás se le hubiera ocurrido nada malo de él”.

Subieron al taxi a las seis de la mañana. Ella cuenta que sólo se concentró en su celular porque estaba organizando el posterior encuentro con sus amigos. Él no habló en todo el camino. Mientras se acercaban a destino, ella avisó a su prima que estaba llegando a la sanguchería, que la esperaba ahí.

Frente al Oratorio de Adoración Perpetua Corazón Eucarístico de Jesús, metros antes del destino pautado, el futbolista hizo descender del vehículo a la piba que conoció en las canchas y que de manera desinteresada aceptó a compartir un taxi con él.

“Quedate quieta y callate”

Detalles de los cómo y los por qué no hay. La acción continúa con un “quedate quieta y callate”. Ella recuerda que la cara del chico se transformó. Comenzó el forcejeo, los apretones, manos en la cintura y un camino, eterno, estrecho, desde la avenida Aconquija hasta la calle Andrés Villa, otra más que la Municipalidad de Yerba Buena todavía no ilumina.

Ella sólo recuerda haber dicho no y pensar que moría. “Vas a ver lo que es una chota”, gritaba, mientras ella con sus manos trataba de sacárselo de encima, ni siquiera logró defenderse. El joven comenzó a golpearla en la cara, hasta hacerla sangrar. La tiró al piso, le destrozó las rodillas; los brazos completamente rasguñados; le sacó cuatro dientes con su saña de macho frustrado.

No se acuerda ni cómo ni por qué logró salir corriendo en dirección a la avenida. Mientras lloraba y sangraba, encontró a un chico que pasaba por ahí, él la llevó hasta un policía. Ni al civil ni al uniformado, a nadie se le ocurrió buscar al acusado que se iba, impune, a dormir a casa, a seguir de after con amigos, incluso, quizás, a comer a la sandwichería que le sirvió de excusa para engañar a su víctima.

Mientras la joven hablaba con el civil y el policía, un conocido la vio, logró contactar a su prima y dos amigos. Fueron directo a la Comisaría de Yerba Buena (San Martín 250).

La inoperancia policial puesta al servicio de la violencia

Su prima y amigos estaban desesperados por que ella hable. Ella no podía, el shock se lo impedía, sólo era llanto.

“No podemos hacer nada si no habla”. Así, frente a un rostro molido a golpes, frente a una más que casi se convierte en una resta, la policía saca a lucir nuevamente su inoperancia.

Ni datos, ni derivaciones, ni un rastrillaje en la zona para buscar al agresor. Nada. Así se trata a la violencia de género en la provincia, en el país. Que no hablen de un cambio social, todavía no se logró nada de lo fundamental para evitar o castigar a los violentos.

“Comencé a contarle a mi prima de dónde conocía a mi abusador”

Posterior a eso, se fueron a la Comisaría de San Miguel de Tucumán. Con la voluntad que le quedaba y con un dolor inmenso, tanto físico como emocional, comenzó su declaración. Aún no recordaba el nombre del abusador, sólo de dónde lo conocía, a quienes entrenaba, que se relaciona con mujeres todo el tiempo.

Comenzaron a mostrarle fotos de allegados a un equipo de fútbol femenino que participa en el torneo femenino anteriormente nombrado. Cuando la foto del violento apareció en pantalla, ella cayó al instante. Se le nubló la vista, era él.

Fue derivada a la Fiscalía 9°, que estaba de turno, tomaron su denuncia. Nombre y apellido, él cayó preso al día siguiente. Ella fue a rectificar la denuncia. Volvió a relatar la historia.

“Yo denuncié ese día gracias a mis hermanos. Estaba completamente abombada. Lo hice por insistencia, lo hice por ellos”.

El abusador salió libre bajo fianza a las dos semanas. Aún no está sobreseído, el caso se encuentra en plena investigación.

Las cámaras de los lugares que recorrieron estaban rotas. Las calles del interior de Yerba Buena carecen de iluminación. Ella no tenía cómo ganar, él la tenía clara sobre dónde y cómo actuar.

El Estado nuevamente se gana el premio de cómplice ideal. De hacedor de promesas, un perfecto bufón hacia la vida, hacia la sociedad que debería proteger.

Mucha gente, luego de que el hecho saliera a la luz, le pidió que revele los datos de su agresor. Las mujeres tienen miedo, se quieren cuidar del imputado. Ayer fue ella, hoy podría ser cualquiera de nosotras.

Hoy él continúa siendo parte del torneo de fútbol y su víctima tiene que olvidarse de pisar ese lugar. No sólo eso, ahora vive con miedo; si sale a bailar, a un bar, a donde sea, corre riesgo de cruzarlo nuevamente.

No se trata de enfermos, ni de criaturas subnormales. No hay que demonizar a los abusivos, ellos estudian, trabajan, tienen hijos, amigos, pareja, son personas comunes y corrientes. Un sano hijo del patriarcado.

Hoy gritamos nuevamente, por ella y por todas. Porque no sabemos hasta donde se puede llegar, porque ya no se puede ni ser “buena onda” en la calle, porque ahora tenemos que desconfiar hasta de los “conocidos”, porque todavía hay gente que justifica estos casos. En un país donde las muertas se acumulan como ganado, resulta cómico, dan ganas de reír a carcajadas de quienes defienden a un acusado.