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Arriba o detrás el escenario es su lugar / Captura web

A los sueños se los alcanza bailando

Como si fuera este su detrás de escena, Elsa Canseco se desnuda y expone. Un recorrido por su pasado a través de la palabra, cómo llegó a ser una referente del espectáculo tucumano.
Arriba o detrás el escenario es su lugar / Captura web

Desnuda pero nunca vulnerable. Así se muestra Elsa Canseco, la reconocida bailarina, coreógrafa, productora y artista, creadora del grupo de baile más importante de la provincia: La Botana.

Entre infusiones, Elsa se toma su tiempo para encarar una extensa charla donde conecta y reflexiona constantemente entre pasado y presente: sus miedos, pasiones, amores y sacrificios la transformaron en la mujer que se planta hoy frente a la obra que es la vida.

Entre otras cosas, confiesa que tiene su séquito de terapeutas. Su psicóloga amiga le aconsejó que hiciera honestidad bruta ante todo, sobre todo en esta nota: “Con la edad que tenés repetiste y te reparaste, empezá a reparar. Se dijeron tantas cosas de vos que ya está todo bien”.

El amanecer de las pasiones

A Elsa Canseco nunca se la hicieron fácil, ni si quiera el destino: nació con el cuerpo paralizado de las caderas para abajo. Pasó por muchas rehabilitaciones, muchas férulas, muchas botas, “mucho de todo”, explica. Además, como consecuencia, no hablaba.

Ella explica que eran consecuencias psicológicas de su propia enfermedad que recién a los cuatro años pudo vencer.

Elsa encontró el baile gracias a los eventos barriales, gracias al corso. Todos los chicos se disfrazaban e iban, ella recuerda que cuando era muy chica su mamá decidió vestirla de bailarina y llevarla: “Yo recuerdo sentir los reflectores en mí, realmente fue así. Nunca lo dije hasta que entré a jardín de infantes. Yo quería ser una majorette, una bailarina de circo, quería que esa fuera mi vida”, revela.

Sus pedidos fueron escuchados. Comenzó a tomar clases en una escuela de danzas clásicas de su provincia natal, Salta.

“Siempre fui una trucha”

En Salta, integró por muchos años un ballet de danza folklórica. “Siempre fui trucha, no me había recibido de profesora y ya daba clases. Antes de recibirme en la Escuela Bolera y de Danzas Clásicas, mi profesora me puso a enseñar. Lo veo y me doy cuenta, nunca fui talentosa bailarina, era histriónica. El baile era mi forma de jugarme, de sacar de adentro lo mal que la pasaba en mi vida”.

Mientras Elsa practicaba, bailaba y soñaba, su hermana menor Marcela le seguía los pasos. La mayor le marcaba coreografías, le preparaba vestuarios, la producía y la enfrentaba con el público familiar: “Un poco de lo que sigo haciendo ahora”, reflexiona entre risas.

Marcela falleció trágicamente a sus 17 años cuando Elsa tenía 22. Ella estaba aprendiendo a manejar, iba a 40 km/h cuando dos nenes, que se habían soltado de las manos de su mamá, se cruzaron frente al auto. Marcela los esquivó y chocó contra un camión de carga. “Recordarla me pone nostálgica, triste, pero sigue siendo parte de mi inspiración”, explica Elsa.

La ciudad se volvió un atajo hacia los sueños

A los 19 años llegó a Tucumán, se fue de Salta porque lo necesitaba, se fue en una época donde “las chicas bien” no vivían solas, se fue en una época de prejuicios, dejando atrás todo lo que la acosaba y la agobiaba, sus sueños fueron su vía de escape.

Recuerda que, una vez que llegó a Tucumán, se inscribió en todo lo que encontró: gimnasia, cursos de baile, profesorado de aerobics, hacía tres carreras relacionadas al fitness y a la danza. “Todo horrible, una peor que la otra. Incluso, en segundo año, me ofrecieron ser profesora”, cuenta Elsa entre risas.

En Tucumán se recibió de profesora de la gimnasia ochentosa, la que viene de la escuela rusa, una gimnasia rígida. “Era el año 1983, en esa época comencé a plantearme que debía existir otra cosa, otro tipo de gimnasia. Averiguando encontré el aerobics. Me fui a Buenos Aires sin un peso, comía un yogurt por día”, recuerda.

Integró, además, un grupo de danza jazz durante muchos años junto con una importante coreógrafa porteña. A partir de esta interesante mezcla, Elsa comenzó a diseñar su propio estilo.

Confiesa que conocer el aerobics le cambió la vida. Comenzó a estudiar hasta convertirse en pionera de la técnica en Tucumán: “Me peleé con miles de dueños de gimnasios hasta que comenzaron a aceptarme. Modifiqué mi curricula del profesorado de danza y lo llevé al aerobics, así comencé a entrenar a los grupos de cardiofunk, latino, etc. Así comencé a llevar todos mis títulos para esta disciplina”.

Los primera semilla botanesca

Elsa daba clases en un gimnasio. Un día decidió probar su suerte y llamar a dos parejas que asistían, marcó coreografías y salieron a bailar “por el sandwich y la gaseosa”, recuerda con humor.

Ellos fueron los primeros indicios de La Botana: Huerto Molina, Lourdes Del Forno, Favio Arancibia y Carlos Arce. Luego se fueron sumando, alejando y volviendo distintos bailarines que hicieron y hacen al grupo: “El espectáculo me encanta pero amo el detrás de escena. Esto era lo que quería hacer con mi formación: enseñar y dirigir”, se sincera.

En la década de 1990, Víctor Hugo Cortez, director del Teatro San Martín, la contrató como coreógrafa de su obra Calientes. “Le dije que tenía mi grupo de baile y compró el combo. Así agarré el gustito al show y La Botana comenzó con sus propias obras”.

Así dio inicio este grupo local de talentosos artistas a hacerse un lugar en la agenda de los tucumanos. Todo comenzó con Seducción. Luego de la primera obra siguieron Infieles, Seducción, Bon Apettit, Tóxicas y Tentaciones. Siempre a sala llena y con un público que exigía más y más, así se fue creando el monstruo que hoy continúa y no deja de crecer.

“Tras cuatro años de ausencia en cuanto a los shows propios, estoy por estrenar una nueva obra que me encuentra en otra etapa de mi vida: Bienvenidos al Elsie Fox. Es otra etapa, otra Botana, una bienvenida a mi mundo”, adelanta Canseco.

Enseñar a ser Botana

Hoy La Botana se expandió. No sólo es un grupo de baile, es hasta un adjetivo, una forma de moverse ante la vida.

Elsa recuerda que luego de una de las obras de teatro alguien le preguntó: “¿Este baile dónde se aprende?”. Pasaron más de diez años de esa pregunta y hoy se mantiene en pie la Escuela de Baile La Botana o, cariñosamente llamada por sus alumnos, La Botanita.

Así llegaron los primeros profesores, hoy botanos jubilados, Luis Acevedo, Carlos Cruz, Verónica Ledezma y Karina Galo. Con ellos, también llegaron los primeros alumnos.

Con timidez, el grupo se fue ensanchando. Pasaron de ensayar en un salón de gimnasio a ocupar su propio espacio físico en La Escuela donde, de lunes a sábado, cientos de personas de distintas edades se divierten, bailan y aprenden.

Elsa reconoce que con el suceso llegan las consecuencias sociales: “Así me fui ganando amores y odios. Pienso que no siempre me desempeñé de la mejor forma. Uno, desde este lugar, piensa que sí pero no sabe cómo lo recibirá el otro”.

El baile le permitió vivir: “Sólo caí en la adicción a la comida”

Elsa Canseco pasó por muchas injusticias en su vida. Cargó con mucha violencia en su infancia y adolescencia, pasó por una pérdida que hasta el día de hoy la desgarra y todo se tradujo en una batalla: la obesidad.

Las sorpresas no dejaban de llegar: “Me enteré que no soy hija de mis padres. Me enteré que mi mamá fue entregada en matrimonio a los trece años, fue víctima de abusos y vejaciones en manos de su esposo. Ella no tenía control de su cuerpo”.

Lo adverso nunca fue más fuerte que ella, Elsa nunca dejó de luchar. Pidió revancha a su realidad y le ganó la pulseada a la obesidad, le ganó también a su psiquis, le ganó a todas los obstáculos que le puso la vida y hoy se siente plena. Ya nada la derriba.

“Yo no tengo la fórmula del éxito. Cuando mi esposo me dijo que tenía que fijarme de dónde partí y dónde me encuentro hoy, comencé a recapacitar: todo lo que hice, lo hice de la nada misma”.

Elsa se mantiene firme hasta que toca hablar del amor. Su talón de aquiles tiene forma de hombre y se llama Esteban Bettuzzi, su eterno compañero de vida.

Canseco, durante sus años de estudio en la provincia, alquilaba una casa junto con la hermana de Esteban: “Llegó este pendejo que me encantaba y me cambió la vida. Es mi primer todo”, confiesa entre lágrimas.

“Mi vida nunca fue color de rosas y él me bancó en todas. Nadie sabe tanto como él y sin embargo sigue aquí, me conoció con 50 kg y se quedó cuando caí en la obesidad mórbida. El se quedó, conociendo mis mambos, mi pasado, él está, él siempre”.

Tiempo de cerrar el telón

“Recién ahora que se termina esta entrevista, puedo sentarme a reflexionar y pensar en todo este monstruo. Siempre le repito a mis bailarines que no se queden con el momento del escenario, que amen el proceso. Yo no elegí cómo fue mi vida pero aprecio mis elecciones, yo amé mi proceso. Pienso que no soy yo la que está reparando sino que es el baile; mientras más compromiso hay con la danza es porque más jodida es la vida del bailarín. Uno necesita estar en constante movimiento para que las flechas de la vida no te alcancen tanto, sólo estoy facilitando esa reparación”.

Vicki Ledezma
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