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Dialogo abierto

“Le gané al Manchester en La Caldera del Diablo”

José Tato Medina comenzó jugando en Tucumán Central y terminó saliendo campeón del mundo con Estudiantes de La Plata en 1968. El relato del hombre que jugó con Bilardo y marcó a George Best.

Tato Medina habla en el sillón del living de su casa sosteniendo una pelota de fútbol / Foto Lucas Santeyana

Son las 18 h y en Villa Alem, un barrio ubicado al sur de San Miguel de Tucumán, el grito de los nenes jugando y los vecinos conversando en la vereda proyectan la inalterable imagen de un lugar que conserva sus hábitos. El lugar cuenta con un personaje destacado. Al frente del Club Tucumán Central, ubicado en Florida al 900, reside un tal José Hugo Medina. Para los vecinos es solamente Tato o El hombre del taller. Algunas veces, cuando aquellas denominaciones no funcionan para ubicarlo, es conveniente preguntar por El campeón del mundo con Estudiantes. Eso nunca falla.

Tato Medina es conversador. Nadie del barrio puede negarlo, allí han escuchado hasta el hartazgo sus anécdotas sobre Estudiantes de La Plata, club con el que salió campeón del mundo en 1968 y de América en 1968, 1969 y 1970. Pese a haber nacido en el Valle de Sianca, a 50 kilómetros de la capital salteña, el excampeón vivió toda su vida en Tucumán, exceptuando los instantes en que recorría el mundo con Osvaldo Zubeldía y compañía.

Lo primero que hace al abrir la puerta de su modesto hogar es mostrar orgulloso los cuadros donde se lo puede ver junto a Carlos Bilardo, Juan Ramón Verón (padre de la Brujita), Carlos Pachamé o su entrañable amigo Ramón Aguirre Suárez. Su carisma y su tonada porteña son notables, como así también la capacidad para transmitir su emoción al momento de contar los hechos que le cambiaron su vida para siempre.

La Caldera del Diablo, Bilardo a las patadas y su tabique roto

El Zorro Zubeldía junto a Miguel Ignomiriello y Jorge Kistenmacher formaron un equipo que cambió el mapa futbolístico en el país y América. El 6 de agosto de 1967, Estudiantes conquistó por primera vez el Campeonato Metropolitano y se convirtió en el primer equipo fuera de los cinco grandes en lograrlo. Ése sería sólo el comienzo. Al año siguiente debutaría en la Copa Libertadores y vencería al poderoso Palmeiras en el tercer partido de la final. Nada menos que en ese encuentro definitorio fue el debut de José Tato Medina.

Ese muchacho que dejaba la vida en cada partido, que había vestido la camiseta de Tucumán Central, debió marcar a Tupanzinho, el mayor goleador del continente por ese entonces, en el Centenario de Montevideo. Fue victoria del León por 2 a 0 y los esperaba el temible Manchester United de Matt Busby en la final del mundo. En el primer encuentro, Estudiantes fue local en la Bombonera.

Medina lo relata desde su pelea con George Best, el ganador del Balón de oro en ese lejano 1968: “El partido fue muy duro, ellos tenían mucha técnica y cuando atacaban todos no los podías parar. La pelea con Best fue tremenda, todo el partido me buscó. En una jugada casi lo tiro al foso y noté que se quedó con bronca. Ganamos 1 a 0 dejando alma y vida”.

El Pincha viajó a Inglaterra dos días antes del segundo partido. Zubeldía era de la idea de llegar, jugar y volver para no condicionarse con el ambiente. “Nadie hablaba con nadie esos dos días, todos estábamos concentrados para la final. La noche anterior nos rompieron los vidrios de mi habitación pero tratamos de no darle importancia. Cuando entramos a la cancha era una locura. Nos tiraban de todo y se avivaron unas llamas que alentaban al público. Todo eso mientras se escuchaba un silbido infernal. Yo puedo decir que le gané al Manchester en La Caldera del Diablo, donde no ganaba nadie”, narra el exdefensor.

Con un empate, Estudiantes salía campeón. La Bruja Verón anotó a los siete minutos y Willie Morgan empató a tres del final. Nadie lo podía creer. El frío marcador del encuentro esconde los impensados sucesos que Medina está acostumbrado a describir: “En Old Trafford la seguimos con George Best y cuando el árbitro no veía, se vengó pegándome un codazo en la nariz. Me rompió el tabique y me expulsaron a mí por discutir. Eso pasó cuando faltaban cinco para terminar, cuando me fui, hicimos el segundo. Fue triste escuchar el final del partido por radio. No di la vuelta con mis compañeros en la cancha. Recién festejamos en el vestuario, pero lo disfruté muchísimo”.

El momento posterior al festejo en el vestuario del estadio asombra, el Pincharata había sido el primer equipo argentino en salir campeón del mundo de visitante y los jugadores sólo querían descansar: “Volvimos al hotel, comimos algo y nos fuimos a dormir porque no dábamos más. Estaban las luces apagadas, cuando vino Bilardo a las patadas y nos despertó a todos. Comenzó a gritar que teníamos que festejar y nos llevó a pasear por ahí. Imaginate, la ciudad era un velorio”.

Su visión del fútbol

José Medina no dirige hace cuatro años, el último club en el que lo hizo fue Unión Santiago, actual participante del Torneo Federal B. Hace diez años fue también técnico de divisiones inferiores en Tucumán Central. Tato es agradecido de sus vivencias como jugador al momento de contar los consejos que trata de dejarle a los chicos. “En el fútbol hay que saber querer y quererse a uno mismo”, sostiene con tono compasivo y casi paternal.

Nacido el 14 de julio de 1945, Medina antepone su formación como eje de su experiencia al momento de conferir valores a sus alumnos. En materia puramente pedagógica, lo que intenta no sólo es desarrollar la técnica de los jugadores, sino también que adquieran hábitos que les permitan enfrentar las adversidades del deporte: “Esta es una carrera dura, no sabés lo difícil que es ver que un chico se enoja porque algo no le sale, uno lo entiende porque lo vivió. Trato siempre de priorizar la calidad de persona. Después de eso es necesario que adquieran una conducta intachable”.

“La forma en que debe comportarse un jugador profesional la aprendí en Estudiantes. Por algo es un club ganador. Ahí éramos una familia, si lo tocaban a uno, tocaban a todos. Después puede pasar que uno se enoje en una cancha pero eso queda ahí. Lo principal es que haya un buen grupo humano”, destaca Tato, quién también jugó en Quilmes y Atlético Tucumán.

Afirma que no le gustan las comparaciones a la hora de hablar de fútbol, por eso ante la pregunta corriente de quién es el mejor jugador que vio, se sustenta en la distinción por etapas: “Lionel Messi es el mejor ahora, Diego Maradona fue el mejor en su tiempo y Pelé en el suyo. No está bien comparar porque el fútbol cambió, ahora se juega más rápido. Me duele decirlo pero se perdió la técnica individual del jugador”.

El hombre del taller

El living donde recibe a los pocos curiosos del barrio que se quedaron sin conocer su historia, desemboca en un pasillo que conduce a un taller metalúrgico. Allí, Tato se dedica al torneado de piezas de acero, desde su retiro del fútbol en los años 80. Fue una actividad que heredó de su familia y que, mientras la profesión de director técnico le permitió, trató de ejercer. En el barrio hay aún algunos que conocen su taller, pero no que es atendido por alguien que le tocó marcar a uno de los máximos ídolos del fútbol inglés.

Medina afirma que vive tranquilo, que no necesita la ayuda de nadie, aunque ante la pregunta de si alguna autoridad de un club por el que pasó se comunica con él, muestra signos de indiferencia que condicen con su respuesta: “Con la gente de Tucumán Central no tengo relación, no me gusta como lo tienen al club. Cada tanto me comunico con la dirigencia de Estudiantes, con los que sí tengo relación es con mis excompañeros”.

“Mis hijos son todos empresarios, me llena de orgullo que les vaya bien. Ellos ahora me quieren dar plata para que viaje de vuelta por el mundo. Yo conocí desde Chipre hasta Asia con Estudiantes. Esos viajes no me los voy a olvidar más”, revela medina.

Comienza a oscurecer y los vecinos se resguardan de la fría noche que se avecina. Tato vuelve a recordar la final del mundo con emoción: “El recuerdo más feliz de mi vida es la vuelta a La Plata como campeones y ver toda esa gente en Ezeiza que nos fue a recibir, no cabía un alfiler. Eso es impagable”.

Algunas lágrimas bajan por su mejilla, desvía su mirada intentando sacar un pañuelo de su bolsillo y con esfuerzo asegura: “Me hiciste emocionar, chango”. Al final, se despide diciéndome una frase difícil de olvidar: “Al final la vida se basa en tener algo que contar y quien lo escuche”.