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Diálogo abierto

En las orquestas, “yo soy el niño más grande”

Marcelo Ruiz tiene por instrumento el alma. Él es el encargado de sacar a flote tres orquestas que se mantienen de pie sólo por las ganas de seguir tocando, aquí nos cuenta el detrás de escena.

Marcelo nunca cambió su semblante positivo / Foto Lucas Santeyana

Marcelo Ruíz sale directo del corazón de Yerba Buena, donde arrancó la primera clase la tercera orquesta que logró fundar. Viene con el “corazón lleno”, ya concretó el objetivo del día y dejó a más de 80 chicos con notas para practicar en el violín.

“No soy director, lo hago porque no hay nadie más que lo haga. He formado niños, empecé enseñándoles violín a seis niños; en mi locura pensé en sumar voces, chelos, violas, todo lo que se pudiera”, así empieza la historia de Marcelo Ruiz, el todero a cargo de tres coros infantiles de Yerba Buena.

Todero es la palabra con la que se define, ya que lo incomoda el término director. Simplemente se denomina así porque hace de todo, formó cuerdas, se para al frente y marca el tiempo para trabajar.

Sus encuentros de orquesta empezaron en el 2007 cuando fue invitado al Divino Niño a enseñar música. Llevó su tan preciado violín, el instrumento que empuña en la Orquesta Estable de la provincia. “Una nena que asistía al establecimiento me tiró de la camisa y me dijo: ‘Yo quiero tocar esto, ¿cómo se hace?’”.

“Si nunca tuviste un violín en tus manos, una vez que lo sostenés, se te disparan un montón de dudas e inquietudes sobre el instrumento. Y así empezás”, relata el orgulloso profesor. El es algo así como un apóstol de la orquesta, “siempre busqué llevar la música a las escuelas”.

Orquesta El Divino Niño

En el 2007, los chicos que asistían a catequesis en el Divino Niño recibieron a un Marcelo que no tenía ni la menor idea del proyecto que comenzaría a gestar en el segundo en el que pisó el establecimiento.

“Después de que la nena mi pidiera aprender, no sabía qué hacer. Recurrí al padre Jorge Gandur quien me entregó la llave para que comenzara a dictar clases. Sin mediar palabras, simplemente confió en mí”.

Hoy el Divino Niño tiene 150 alumnos, eran seis chicos los que inauguraron. Dos violines se transformaron en violas, chelos, violonchelos, contrabajos, trompetas, trombones, flautas traversa, percusiones y órganos.

La Orquesta no paga sueldos, nadie recibe dinero. “Se trata de una mística, enseñar y transmitir música. No somos un sistema académico, nos basamos en el tocar y crecer; a medida que el niño toca, aprende solfeo y a leer notas, es diferente el método de enseñanza convencional”.

La orquesta es meramente inclusión social, “comenzamos en un barrio y pasamos a sumar chicos que vienen desde San Andrés, el centro, un Country, niños que cayeron con sus padres y quedaron los padres. Tengo madres e hijas tocando, tenemos padre e hija también”.

El proyecto se fue armando a los ponchazos y fue creciendo. “El primer profesor que tuvimos es mi hijo, a él le siguieron trece más, algunos egresados de la misma Orquesta”, explica el profesor.

El padre Jorge le dijo a Marcelo que su hacer diario “es su apostolado” y ahora ése es el sostén que guía los pasos del todero.

“Cuando uno hace lo que le gusta, vive con una sonrisa, feliz. Yo soy el niño más grande, juego, me divierto y hago. Hoy no me imagino sin esto, las orquesta, los niños que aprenden, me cambió la vida, la perspectiva. Me ha hecho conocer otras cosas, otras realidades, es muy lindo ayudar y poder dar”.

“Lo que yo hago no tiene techo, yo doy hasta que duele. Cuando tenés a cambio sonrisas, niños que te quieren y te siguen”.

Marcelo, padre de dos varones, confiesa entre risas “lamentablemente ellos quieren comer todos los días”. El todero parece tener un reloj infinito, divide su tiempo entre trabajo y sus tres orquestas. A todo lo hace por puro amor al arte y a los demás.

Él consigue los instrumento de cada una de las orquestas “poniendo la cara”, pidiendo donaciones pero no en dinero sino en instrumentos.

“Si vos vieras los ojitos de cada uno de mis chicos, me entenderías por qué no duermo siesta, por qué no veo televisión, por qué hago lo que hago y le dedico el tiempo que le dedico. Cualquiera puede ser mejor profesor que yo, obviamente hay miles de profesores mejor que yo, pero la cuestión es querer hacerlo y concretarlo. El amor por lo que uno hace es lo importante, a la parte técnica la perfeccionás con cualquiera, pero el amor tiene que venir antes, si no, no hay nada”.

Marcelo insiste en la afirmación de la orquesta como el instrumento más perfecto, “es donde se pierde la individualidad, importa empezar y terminar juntos. Es encontrarle el sentido al trabajo en equipo. La música es todo. Te lo dice un fanático, lo sé, pero si vieras los cambios que produce en el niño, lo entenderías”.

Cuando comenzó se dijo, “si un niño de los que empezaron a aprender violín , se une a la carrera de músico, voy a cumplir mi meta”. “Hoy, tengo cinco chicos becados y estudiando para la Diplomatura de Música Instrumental en Buenos Aires. Hicieron todos los pasos en la provincia y siguieron. Una de las chicas ya se recibió y volvió a la provincia, hoy me acompaña en la orquesta”.

De música clásica y amores modernos

Todos dicen que es música aburrida, música de viejos, “yo les digo clásico es Beethoven, ‘Yesterday de Los Beatles, clásico es Queen, clásico es lo que no pasa de moda y eso es lo que yo les enseño”´, aclara.

El todero busca desmitificar al clásico e impartir conocimientos de buena música con arreglos modernos, amenos para la enseñanza y el aprendizaje.

Padres, madres, chicos, adolescentes y jóvenes, todos tienen cabida. El requisito es simplemente querer aprender, “yo siempre he puesto un límite de edad a la orquesta a pesar que ya te he contado lo de los padres, afuera hay un cartel que dice que está permitido hasta los 102 años. Más de eso no acepto”, ríe Marcelo.

“No importan las edades, importa que cuando están ahí adentro no hay usted ni vos, importa la música. No importa cuantos años tienen ni qué profesión, si es niño o adulto. Importa que hagan música”.

“A la provincia le falta la cultura musical, el aprendizaje musical es algo esencial para la persona”.

Marcelo Ruiz triplicó sus amores y ahora es la cabeza de tres orquestas. Para él todo se basa en un efecto dominó, los alumnos que se formaron en el Divino Niño hoy son profesores de las otras orquestas, es un método que al todero le gusta implementar.

Alrededor del mundo se comprobó que la educación artística desarrolla íntegramente al niño, es por eso que los países del primer mundo lo implementan como algo obligatorio y con ciertas exigencias en cuanto a la dificultad de las tareas. Marcelo lo sabe y piensa que el arte, en cualquiera de sus manifestaciones, tendría que ser inherente al alumno.

“Durante el año pasado tuve contacto por primera vez con una figura estatal interesada por la cultura. Después de las elecciones, el intendente de Yerba Buena, Mariano Campero, me citó y me preguntó, ‘¿Cuál es tu sueño?’, le respondí: ‘Crear orquestas’”.

“Él me dijo que me iba a cumplir el sueño. Así pude crear la última orquesta. Ahora soy un convencido totalmente que la música transforma. La cultura no va en el último vagón. Ahora sé que vendrá la próxima orquesta, la cuarta, y le creo. Ojalá pueda crear muchas orquestas”.

Marcelo Ruíz se retira, optimista y con la frente en alto. Se va feliz porque sabe que, después de dormir, se reencontrará con la sonrisa de los chicos que lo llenan.