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Santiago en la comodidad de su hogar

“Mi vida es blues, yo soy blues”

Santiago Caminos es reconocido por su música, por sus pasiones, por su presencia en el escenario y por su forma de ser. Sus porqués se esconden tras bambalinas y salen a la luz aquí.
Santiago en la comodidad de su hogar

Santiago Caminos es un tipo seguro y de valores arraigados, su casa es una sola nota y dos compases, su hogar respira blues. Él es un tipo calmado, de voz serena y pausada hasta que lo invitan a cantar. Entonces, cambia la careta y todo lo que presentó al principio se revoluciona.

Entre sus amplificadores y su despliegue de cuerdas, el frontman de Tripas Calientes se sienta. Ofrece vino o whisky y da rienda suelta a su verborragia. Historias tiene miles y él decide cómo contarlas. Quienes lo conocen saben de su pasado y presente como músico y también hay quienes lo eligen como su profesor de inglés.

Crecer en clave de blues

Santiago tuvo una infancia feliz con un fuerte apego musical. Su papá escuchaba tango y folklore, siempre buenas composiciones y buenos cantantes. “A mi vieja le gustaban los tangos, se despertaba cantando”, cuenta emocionado el blusero.

“Cuando aún no sabía leer, mis viejos sacaban los discos de sus respectivos lugares y me los entregaban para que los pusiera en orden alfabético. Así fui aprendiendo las cosas básicas, de la mano de Los Fronterizos, la Misa Criolla, El Club del Clan y otros tantos grandes de la época”, recuerda.

Entre tangos y folklore, Santiago fue descubriendo lo valioso de una buena composición. Con la evolución de la música, de muy chico entraron los tres acordes a su vida al ritmo del twist. Así comienza el acercamiento a los capitanes de sus pasiones: el rock y el blues. “A los trece años compré mis primeros discos: Abbey Road de The Beatles y Let it bleed de The Rolling Stones. Así empecé a escuchar la música que venía del norte, en pleno verano del ‘79”.

“Mi infancia fue feliz hasta los once años: juegos de barrio con mis amigos, fútbol. Eran hermosos los veranos que tenían el olor de los azahares, no había autos en las calles y, además, mi primer beso. Después de eso todo viene atrás: mi viejo queda paralítico y mi vieja comienza a enfermarse. A pesar de su enfermedad, mi mamá tenía vaivenes de bienestar. Me regaló una guitarra y comencé a tocar solito, el primer tema que saqué fue ’Love Story’”.

Lamentablemente, Santiago comenzó a valerse por sí mismo demasiado pronto. No encontraba comprensión dentro de sus redes principales y, a medida que crecía, se perdía en el qué hacer y qué querer.

Durante su adolescencia tuvo contacto con el universo de los intercambios escolares. Muchos estadounidenses venían a la provincia, Santiago los escuchaba hablar y se volvía loco: “No puedo no saber inglés”, se repetía a sí mismo. Quería escribir y quería escuchar. Sólo conociendo a la perfección el idioma podría entender lo que los autores de sus temas favoritos querían decir.

Comenzó a sacarle jugo a todo lo que el colegio le brindaba, “dentro de mí hay algo, yo adoro la cultura norteamericana, no sólo su idioma. Una cosa es estar en contra de sus políticas pero su pueblo, su cultura, eso es otra cosa. Ellos son los artífices de unas de las revoluciones más grandes de la historia. Me gusta su arte, su poesía. A través del lenguaje pude entender no sólo el idioma en sí, sino el sentido connotado de todo. Ser adolescente y creer que el mundo va a cambiar te marca”, reflexiona el músico.

No puedo no saber inglés”

Santiago entró al nivel primario a los cuatro años, por lo tanto, a los 16 ya estaba ingresando a la facultad. Movido por su papá y unos primos que no le veían futuro en lo que a él lo apasionaba, ingresó a Ingeniería Química. A los 18 años dejó la carrera, por supuesto que no era lo de él. Al tiempo, se tropezó con un anuncio en el diario que rezaba: “Hable inglés en ocho meses”.

“Lo vi y sabía que era mi oportunidad. A los seis meses mi avance fue increíble ya que mi tutor era maravilloso, hasta encontré trabajo como profesor. Así que a los 19 años comencé a enseñar inglés en un instituto”.

De rock y otras adicciones

Santiago ya comenzaba a insertarse en el ambiente de la música. En 1979, viajó a Buenos Aires donde compró su primera guitarra, Laila, una Yamaha acústica. “Es mi guitarra con todas las letras. Compongo con ella, a las eléctricas las uso para tocar en vivo”, detalla.

El viaje le cambió la vida, conoció rockeros de pura cepa, con los que formó una comunidad y alquiló un sótano (ya en Tucumán). Todo fue en una galería que, para esa década, estaba en San Martín 700. “Tocábamos todos los días a partir de la una de la mañana. El pelo largo, mucho cuero y tatuajes. Aprendí realmente a palpar el escenario, a tocar”, recuerda.

“En el sótano no nos escondíamos, sino que nos liberábamos, aprendí muchísimo. Sólo conocés a una persona cuando está contra las cuerdas. Es una zona visceral y descarnada, al igual que la gente que tocaba conmigo en el sótano, así aprendí leyes que rigen mi vida”.

Aprendió que en el rock se podían combinar baladas, entendió que se podía transmitir un mensaje y expresar algo. Él no está para productos enlatados, piensa en que siempre se tiene que cantarle a alguien. “Hasta el día de hoy sigo eligiendo a una persona del público a quien cantarle, sea varón o mujer, no me importa. Pienso que así uno es sincero con el otro, con el público, con su música y con uno mismo”.

Para Santiago la cultura idiomática lo es todo, cuando se entiende el idioma y su contexto, se entiende la canción, se palpa el alma del cantante y todo adquiere sentido. Por eso, combinar verso con alma seguía siendo su objetivo principal.

“En los ‘80 yo también sufrí una depresión. Me dejó una mujer de quien me había enamorado, me quebré una pierna que todavía me duele y empecé a consumir estimulantes. Me salvó la inteligencia, el saber cuándo parar. Salir de eso me llevó a conocer a la mujer de mi vida. Conocí lo que es el verdadero hippie, me enamoré, compartía montañas con ellos, era fantástico. Muté mi depresión y le saqué jugo, le saqué realidad. Esto me llevó a darme cuenta que todo lo que yo seguía anhelando era posible”.

“No llorás porque te vas, sino porque volvés”, le dijo un gran amigo justo antes de que Santiago tomara el vuelo que lo llevaría a su tierra prometida, a su propio Edén. A modo de bocadillo, comenta de su parentesco con el arquitecto César Pelli, él es uno de quienes lo reciben con los brazos abiertos en Estados Unidos.

En el año 1993, Santiago partió con su mujer, Ana, a EE.UU. “Me fui a buscar la unión entre el idioma y la música. Fui al Mississippi y me bauticé. En ese momento caí en la cuenta de que no pertenezco a Tucumán, lamentablemente”.

Entre los tantos destinos programados, New Orleans era el más esperado. “Cuando pisé la ciudad sentía que ya había estado antes ahí, que pertenecía. Cantaba gospel en la calle junto con pastores, no era turista porque mi vida es un blues, yo soy blues”, recuerda y agrega: “Me pasó despertarme una noche en un hotel a las cuatro de la mañana y despertar a mi mujer para contarle de un tema que compuse de dormido, la letra, la melodía y los arreglos, todo estaba ahí. ‘Nací con los blues’ se llama y es el tema clave de Tripas Calientes.

Entonces, ¿por qué volver? Santiago comenta que nunca aprendió a quedarse, ya no era el momento. El instante decisivo ya había pasado.

Acordes, expresiones y sensaciones: Santiago Caminos

“Soy sensible, lloro con cualquier cosa. El frontman de una banda debe ser tan auténtico y creíble como más se pueda, tanto haciendo temas de él como de un tercero. A medida que avanza el tiempo me siento más inseguro con lo que hago, debe ser la experiencia y el camino andado. Cada vez tenés más temor porque sabés cómo manejar las cosas, sabés qué hacer y qué no, sabés a lo que te enfrentás” concluye.

Vicki Ledezma
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