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Rolo recordó su infancia en una emotiva charla / Foto Lucas Santenaya

Actor de sueños truncos

Es profesor y actor de teatro, cine y televisión. Rolo Andrada es un gran soñador: esta es su historia.
Rolo recordó su infancia en una emotiva charla / Foto Lucas Santenaya

Los últimos rayos de sol iluminaban la Plaza Urquiza. Sentado en un bar de la vereda del frente, Rolo Andrada estaba listo para contar su historia. Después de pedir un café y prender su cigarrillo, comienza la charla. Rolo nació en la casa en donde se crió, la de calle José Colombres primera cuadra, y se educó en la escuela Bernardo de Irigoyen.

Mismos objetivos, diferentes pasiones

A los 5 años de edad comenzó a ir al club Tucumán de Gimnasia: “Hacía todos los deportes: yudo, lucha, vóley, natación, ping pong, ajedrez y hasta esgrima”, recuerda. Fue en ese lugar donde nació su gran sueño: ser trapecista de circo. “En esa época estaba de moda una película que se llamaba Trapecio. La habré visto más de 100 veces porque soñaba con ser como el protagonista”. Convertirse en trapecista cumplía tres anhelos de la vida de Rolo: volar, captar la atención y ser aplaudido.

Para cumplir su sueño, se empezó a entrenar desde que se asoció al club: a los 12 años participó de un campeonato nacional y salió campeón en gimnasia acrobática.

Pero el año 1969 fue un punto de quiebre en la vida de Rolo: “Tenía 18 años y todas las pilas puestas. Dando la vuelta en la barra caigo fuera de la colchoneta y se me sale el hombro”, afirma con nostalgia. La explicación de su profesor sobre el porqué cayó de la barra truncó su sueño: “Sos flaco y alto. Para hacer esto tenés que ser petiso y con mucha caja toráxica. No vas a triunfar”, le dijo su profesor. Y a partir de ese momento, Rolo dejó atrás la acrobacia: “Cuando me dijo eso me fui llorando a mi casa. Estuve dos meses mal, frustrado. Desde ese momento no volví más”.

Para sacarlo de tan profunda depresión, un compañero del colegio lo alienta a hacer teatro para despejar su cabeza pero Rolo nunca en su vida había estado sobre las tablas y no sabía nada al respecto.

“Había una prueba para participar de un concurso intercolegial del teatro. Me hicieron leer un diálogo y alabaron mi locución”, afirma. Por esa razón, la directora de la obra le dijo que iba a formar parte del elenco. Al finalizar el concurso, Rolo recibió una mención especial al mejor actor de todos los elencos que se presentaron.

“Ahí se me prendió la lamparita: esto es lo mío, pensé. Captaba la intención, volaba y me aplaudían. Los mismos objetivos de mi sueño trunco plasmado en otra actividad”. A la semana siguiente, rindió el examen de ingreso en el conservatorio de teatro y a partir de ese momento, no paró de perfeccionarse jamás.

El Néstor que no fue

Era el año 1992 cuando una productora porteña lo contacta para protagonizar una miniserie sobre la Guerra de los Treinta Años. “Quedé en buena relación con el productor y me volvió a llamar en 2012 para hacer un documental”, recuerda.

En el momento de la reunión con el equipo de producción, el encargado del guión lo miró atentamente y le pidió que se ponga de perfil: “Me preguntó si alguna vez me dijeron lo mucho que me parezco a Néstor Kirchner. Le dije que sí, desde el 2003 que me cargan y me dicen que soy idéntico. Es más, yo soy sólo un año más grande”, afirma Rolo.

A partir de aquél descubrimiento, la productora decidió dejar de lado el documental y enfocarse en escribir el guión de una película que relatara la vida de los Kirchner. “Hasta habían hablado con Ana María Piccio para que haga de Cristina”, comenta. Para la realización de la cinta, se debe pedir un subsidio en el INCAA: los subsidios arrancan en 7 millones de pesos y pueden llegar los 20, dependiendo la magnitud del proyecto pero no sólo eso, sino debés acatar sus reglas.

“Aquí estaba el negocio: de ese dinero, era obligatorio invertir en luces, técnicos y sonidistas. Ellos te daban las indicaciones. ‘Elegí esta o aquella empresa’”, confiesa un poco nervioso. Las dos empresas que se encargan de poner “los fierros”, como se le dice en el ambiente, eran propiedad de Florencia Kirchner, quien estudió cine en la Universidad de Columbia en Nueva York.

La productora encargada de la película que iba a protagonizar Rolo ya tenía sus propias luces y sonido, no había ninguna necesidad en gastar en materiales con los que ya contaba. “El productor estaba equipado con todos los elementos necesarios. Como no necesitaba esas luces que el crédito le requería, no fue subsidiada y por eso se cayó el proyecto”, concluye.

Repetir la misma vida, siempre

Al preguntarse qué es lo que quiere para un futuro, Rolo responde que volvería a elegir la vida que tuvo: “Conseguí con esta profesión algo que es muy difícil y me lo han dicho grandes empresarios exitosos de mucho dinero: prestigio”. Rolo elige qué, cuándo, dónde y con quién trabajar. Cuando no le gusta un proyecto, simplemente, lo descarta. “No me pagan para que trabaje, me pagan para que me divierta”. Eso se llama libertad, una libertad teñida de amor y pasión por el teatro, esa profesión que le devolvió a Rolo el sueño de ser aplaudido.

Franco Lorenzetti
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