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Luis posa en el altar que hizo para el Rock and Roll / Foto Facundo Fadda

Mucho más que un batero

Muchos conocen a Luis como el baterista de Los Peces Gordos, un ídolo que con las piernas amputadas siguió tocando. Y sí, es un ídolo pero no sólo por eso: él tiene toda una vida llena de anécdotas.
Luis posa en el altar que hizo para el Rock and Roll / Foto Facundo Fadda

Baterías, palos, fotos, redoblantes y posters: todos estos elementos se distribuyen en las paredes, en el techo y parte del piso del estudio en que Luis nos recibe. Este espacio parece un altar para la música o, en su defecto, un museo dedicado a nuestro entrevistado. Él está frente a su computadora pero también con el televisor sintonizado en un partido de fútbol: distracciones en este saloncito hay de sobra.

Siempre cálido y atento, nuestro invitado comienza a hablar por sí mismo. Cuenta que su vida comenzó aquí, en nuestra provincia, Barrio del Bosque. La casa en la que vivió sus primeros catorce años de vida se ubicaba al final de un pasillo de más de 70 metros, que terminaba justo frente a la famosa cancha de All Boys. “Tuve una infancia muy linda en esa cancha, cuando todavía no estaba tapiada. Era muy de barrio y muy linda, con un césped hermoso. Entonces, para los chicos del barrio era como tener el circo frente de la casa”, afirma.

Luis vivía con su mamá Blanca, su papá Carlos, su hermano Juan Carlos y su hermana Matilde. Pero además de ellos, estaba rodeado por amigos y la felicidad que sólo la infancia de hace 60 años regalaba: esa de juegos en la tierra con chicos de la edad de uno, con los que se podía pasear por todo el barrio sin preocupaciones porque la inseguridad no existía ni siquiera como sensación.  

La Italia no estaba pavimentada, la 12 de octubre tampoco. Era todo barro y yo no digo que todos necesitan tierra para vivir pero sí tener un poquito de eso porque hace bien.

Los primeros años de educación primaria transcurrieron en Escuela Raúl Colombres, después en la Miguel Lillo y desde allí se trasladó a la ENET 3. Llegados a este punto, Luis cumplió los 14 años y su estudio quedó relegado: tuvo que comenzar a trabajar en un comercio que vendía juguetes importados. ¿Su tarea? Lavar pisos, acomodar la mercadería y hasta hacer inventario en el depósito.

Entrando en la adolescencia, con su primer sueldo, Luis logra que le descuenten lo necesario para comprar una batería. “No era muy importante pero ya era otra cosa”, explica Luis. Un año después, Luis comienza a trabajar profesionalmente. Sin embargo, su pasión por la música venía de antes: “En esa época hay un cambio rotundo en la música. Yo venía mucho de escuchar las grandes orquestas de jazz, la Big Band, las grandes orquestas que hacían swing. Y aparece Elvis Presley, de primera, que es el tipo que a mí me cambia la cabeza. Después Jim Kelly, que hacía rock and roll, y quienes modifica este género en las letras y en la manera de tocar, Los Beatles”.

Tanta era la pasión por la batería, que Luis abandonó de a poco las salidas con amigos y las fiestas con alcohol y descontrol, por su nueva querida amiga. Practicaba cada vez que tenía tiempo libre y aprendió siendo autodidacta. Sin libros, su oído y la calle le enseñaron a Luis todo lo que necesitaba saber sobre la música.

A los 14 años comienza a presentarse ante el público: “Cuando inicié a hacer mis primeros pasos ya comencé en bandas, así que esa fue realmente mi escuela, el tocar. Antes no había disc jokey, las bandas tocaban tres, cuatro o cinco horas y para mí fue una escuela, porque para tocar en los bailes exclusivos de esa época tenías que ser medio disc jokey: de un chamamé pasar a un paso doble, de un pasodoble a un vals peruano, de un vals peruano a un tango, de un tango a un rock and roll y de un rock and roll a un beat, que había en esa época. A la cumbia, en aquél momento nadie la tocaba con batería y yo fui el primero. Venía de hacer rock and roll, entonces no tenía ni la menor idea, así que hice mi propia forma de tocar, que después todos imitaron”, explica.

No apto para todo público

Nuestro batero era uno de los pocos en Tucumán que tocaba de oído. Él con sólo escuchar la canción podía aprender a tocarla y no necesitaba (ni sabía) hacer uso de las partituras. Eso lo llevó a ser elegido para tocar en lugares poco recomendables para un niño de catorce años: los cabarets.

Este trabajo servía a nuestro artista para cobrar algunos mangos y mantenerse. Luis venía de una mala racha: una antigua novia se había ido a un convento para convertirse en monja. Eso, sumado a que la batería ocupaba gran parte de su tiempo, de la misma forma en que lo hacía el trabajo, poco y nada veía a sus amigos de la infancia y las salidas se habían reducido notablemente.

Sin embargo, en el casamiento de un familiar, Luis ve a una mujer que llama su atención. Como si de una película se tratase, se enamora a primera vista de esta joven. “Le digo a un amigo, `mirá, con esa chica que está ahí me voy a casar´. Él me decía: `Estás loco, si no la conocés´. Le digo: `Vos acordate que con esa chica me voy a casar, al final de que termine este casamiento le voy a decir que se case conmigo´”, cuenta. Y así fue: antes de acabar la fiesta, Luis encaró a la ya mencionada y le propuso casamiento. Obviamente ella no le creyó mucho más que su amigo, pero fue suficiente para comenzar una relación que no conoce fin: esto fue en febrero, cuando nuestro baterista tenía 17 años cumplidos. La pareja planeó el casamiento en octubre de este mismo año y concretó en diciembre, cuando Luis ya había cumplido los 18. “Había tenido tantos quilombos en la vida hasta ahí que para qué iba a esperar. Y bueno, estamos ya hace 43 años”, comenta.

Los dos años que le siguieron a esto fueron de búsqueda. Necesitaba un trabajo estable y hasta el momento contaba sólo con su lugarcito en Tito Sport y las monedas que entraban de sus presentaciones en los cabarets a los que ahora, claro, iba acompañado de su esposa.

Un activista de los palos de batería

La subversión llegó para pegar fuerte en la vida de Luis. Como a todo artista, le molestaban las imposiciones y la falta de libertad de expresión. Por aquella época, las bandas ensayaban en subsuelos y lugares bien camuflados: luces rojas o azules, paredes recubiertas de colchones o cualquier cosa que evitara la liberación del sonido al exterior porque, de lo contrario, los militares caían.

En aquella época, un grupo de inteligentes pero descarados jóvenes decidieron usar los canteros de la Casa de Gobierno para plantar marihuana, “así que ellos pasaban, cortaban hojitas y se metían la mano en el bolsillo”, confiesa Luis. Gracias a este método, las presentaciones se hacían en lugares similares a los de los ensayos pero con una diferencia fundamental: la droga enardecía al público.

Pero más allá de no poder tocar libremente, Luis sufrió por la dictadura militar de otra forma. Corría el año 72 y el músico retoma sus estudios en la Escuela Normal, por la noche. Estaba informado de que el toque de queda iba a comenzar a partir de las 22, así que sale de su trabajo como a las 21:30 h y se dirige hacia la calle 25 de Mayo pero no llega muy lejos. Los militares habían salido a recorrer las calles una hora antes de lo planeado: “Me alzaron con disco, churros, anteojos y todo”, recuerda.

“Me llevaron a la Primera. Justo en La Normal tenía un amigo que era oficial ahí, así que lo hacía buscar y no lo encontraban.

Finalmente, el agente con quien quería comunicarse Luis aparece. Lo que le propone es firmar un documento que le daría lugar para ser trasladado a la Jefatura para, desde ahí, llamar a quien sea necesario para que pasaran a retirar a nuestro batero. Él acepta y pone su firma sin saber que estaba cometiendo un grave error: con eso afirmaba por escrito ser activista estudiantil.

Luis recuerda: “Mi propio amigo me había hecho firmar un papel que me jodió por muchos años, porque yo quería ingresar a algunas cosas especiales en esa época de comunicación y no lo podía hacer porque mi legajo estaba en rojo. Hasta que pasaron los diez años y el mismo amigo que me veía todo del legajo pudo sacarlo y ahí pude hacer otras cosas. ¿Activista de qué? Activista de los palos de batería era yo”.

Un trabajo “de prepo”

Luis Dorieux consigue finalmente un trabajo estable. En la Quiaca se abre un hotel y una boutique cuya dueña era amiga de sus padres y le ofrece el puesto de gerente. Él acepta y seis meses dura su estadía allí. La batería, claro está, viaja con él: un grupo de músicos lo adoptan como una especie de padrino, a pesar de que en edad lo sobrepasaban. Luis tenía sólo 20 años pero desde los 14 tocaba profesionalmente, así que ya no necesitaba horas de ensayo para tocar cualquier género musical que se le presentase.

Cumplido medio año allí, Luis viaja hasta Buenos Aires a realizar un curso que lo haría teletipista en la Red Presidencial en Tucumán. El cargo que obtiene en nuestra provincia es, a falta de otro disponible, el de un policía, pero su profesión era el de la comunicación. El problema fue que, apenas al año siguiente, su función iba a cambiar. El primer día que asume el cargo de gobernador durante la dictadura el General Domingo Bussi, Luis tiene con él un altercado que le costará su puesto.

“Desde ese día me hizo policía de prepo porque yo estaba para la red presidencial”, cuenta Luis, todavía enojado. Además, agrega que durante los once años de gestión de este señor, nunca pudo ascender, tuvo que conformarse con seguir siendo agente. A pesar de todo, al baterista su función no le disgustaba demasiado porque era su área: comunicación; en 30 años de trabajo, nunca fue trasladado: comenzó y terminó allí.

Vivo por ella

Luis sufre diabetes y en el año 2007 padece dolores horrendos en su pie. “Estaba desde el 2003 hasta el 2007 yendo en auto, como podía porque taxi era muy caro, todos los días a curación. Me raspaban el pie que estaba necrosado con un bisturí hasta que sangraba. Ahí lo ponía en Pervinox, lo envolvían, me ponía la media, los zapatos y me volvía a casa. Muchas veces se me bajaba la presión por el dolor”, cuenta.

El dolor era cada vez más fuerte. La morfina ya poco efecto causaba y uno de sus dedos tuvo que ser amputado. De 45 días que estuvo internado, ocho veces tuvo que ingresar al quirófano y en la última ocasión se despertó en medio del proceso médico. Así que Luis puso un alto, habló con el médico para que amputaran su pierna dando una sola indicación: que se lo hicieran unos 15 centímetros por debajo de la rodilla.

Para los médicos, el paciente estaba loco. Si bien el dolor era mucho, la pierna todavía salvarse pero la voluntad de Luis y su carácter se hicieron respetar. En el 2007, este baterista pierde su primera pierna pero al poco tiempo ya está tocando de vuelta. Y es que él había previsto todo y, con ayuda de su hijo Sergio, ya había diseñado un sistema para adaptar el instrumento. Dos años más tarde, lo mismo debe sufrir con la segunda pierna: nuevamente exige que se la amputen y los médicos ceden ante tan terco paciente.

Nada de esto detuvo a Luis. Él siguió con la banda y Los Peces Gordos continúan presentándose. Esta banda nació en el 93, cuando su batero trabajaba en La Rambla como encargado. Como el local no tenía músicos que actuaran a diario, Dorieux funda a este grupo para hacer un poco de todos los géneros. En el 94 ya la banda está perfectamente instalada.

Haciendo presentaciones en Salta, Catamarca, Jujuy, Santiago del Estero, Córdoba y, en ocasiones, Buenos Aires, Los Peces eran más conocidos fuera de la provincia que dentro de ella. Durante once años, esta banda trabajó de jueves (a veces miércoles) a domingo, sin descanso, cada semana. Para sus integrantes no había fiestas, carnaval o vacaciones que los detuvieran: había que tocar y lo hacían. Luis cree que la pérdida de sus piernas llegó para obligarlo a quedarse un poco quieto.

Sin dudas, sin la ayuda y el apoyo de la familia este batero jamás habría podido disfrutar tanto de la música. Después de 43 años de casados, Dorieux y señora formaron una hermosa familia: Sergio, que ahora tiene 42 años, Luis de 40, Silvana de 33 y Marlene de 28, además, una quinta beba nació pero falleció siendo muy pequeña. Para completar, nueve nietos le siguen, siendo el mayor, de 19 años, el actual ayudante del batero.

A la pregunta de “¿qué es la música para vos?” Luis da una respuesta muy sencilla pero impactante: “La vida”. Además, agrega: “Es lo que me llevó a estar acá charlando con vos. Mi mujer me dice que yo no la quiero porque siempre digo que la música es lo que me está haciendo vivir. Y no es que no la quiero, sino que si hay un motivo para seguir adelante es la música. El motivo del amor es distinto a la motivación. Para mí la música me salvó la vida, porque tomé la determinación de cortarme las piernas, que no lo hace nadie, para seguir tocando”.

Lo que se viene

Los planes a futuro inmediato de Luis están muy ligados a Los Peces Gordos. Esperan en marzo comenzar a grabar un nuevo disco y presentar este año dos DVD´s que se hicieron en el Teatro Alberdi y en La trastienda el año pasado.

Además, este batero tiene la posibilidad de viajar nuevamente a Estados Unidos. En su primer viaje, Luis fue al Namm, la feria que convoca a las mejores empresas de instrumentos musicales del mundo con los artistas a los que sponsorean. Así que allí, nuestro entrevistado no sólo se codeó con los mejores músicos del planeta, sino que también fue alabado por ellos.

Además de recibir tan grande honor, Luis trajo desde Estados Unidos una parte de las piernas ortopédicas que necesita para volver a caminar. El problema es que debían terminarse aquí, en Argentina: “Al rebasado me lo tenían que hacer acá pero el que hicieron era de terror, cuando me habían hecho probar piernas espectaculares que eran bioortopédicas que costaban 45 mil dólares cada una”. LeeAnne y su esposo, dos grandes amigos de Luis, fueron los que trabajaron para que pudiera conseguir sus nuevas piernas. Pero como saben que todavía el batero no puede usarlas, no abandonaron su empresa e insisten en que Luis debe regresar a su país. ¿El único problema? El dinero para pagar los pasajes.

Nuestro entrevistado prefiere no guardar esperanzas de volver al país en que, afirma, mejor lo trataron. Mientras tanto, él se concentra en sus alumnos: sigue enseñando y curando a la gente con el compás de la batería.

Adriana Gómez Moreira
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