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Diálogo Abierto

La cara detrás del sueño

Es contador y amante de los viajes. Hace más de 20 años que hace realidad los sueños de cientos de quinceañeras. Esta es la vida de Luis Japaze.

Luis sonríe junto a sus peluches favoritos / Foto Facundo Fadda

La oficina parece la habitación de un varón de nueve años pero el escritorio con la computadora delata que no lo es. Los peluches invaden el lugar: el ogro Shrek enojado, la rata Remy cocinando con una cuchara de madera, el extraterrestre Stitch con sonrisa forzada y Mickey disfrazado de mago son algunos de los tantos recuerdos que colecciona en su lugar de trabajo.

Después de acomodar papeles, broches y folletos, Luis Japaze dice estar listo para relatar su historia. “Soy muy hablador, me gusta contar anécdotas”, confiesa con una gran sonrisa. Es el menor de tres hermanos. Al ser el más joven de la familia, era el más mimado por sus padres. A su infancia la recuerda de la mejor manera: sus padres eran dueños de la sedería más grande de Tucumán: Tienda La Perla. El local, que estaba ubicado en Maipú primera cuadra, comercializaba telas y artículos para la confección de vestidos. “Era el único de la familia que iba al negocio a ayudar a mi papá. Él era una persona que le gustaba estar al lado mío”, afirma nostálgico.

Esta experiencia impuso en su vida una faceta comercial relacionada a los negocios y la atención al público. “Siempre me gustaba atender a las clientas, estar al tanto de sus inquietudes y saber qué producto necesitaban”, relata. Por esta razón, se inclinó por las Ciencias Económicas y estudió en la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino.

Su pasión por Estados Unidos

El colegio Sagrado Corazón fue su segundo hogar: cursó allí la primaria y el primer año de la secundaria. Al año siguiente, sus padres deciden cambiarlo de colegio. Fue antes de terminar el secundario cuando su vida cambió por completo: “Me fui becado a los Estados Unidos por la American Field Service. Fue en ese momento cuando me enamoré de los viajes”. Era el año 1975. Viajaron más de cien argentinos, entre los que se encontraba un grupo numeroso de tucumanos. Cuando volvió a Tucumán, lo único que Luis quería era volver a visitar a la familia que lo acogió durante su estadía.

Al ingresar a la facultad ideó una manera de regresar de forma independiente. Junto a dos excompañeros de viaje, decidió vender los pasajes de avión a los nuevos becados del programa para ganar dinero y obtener un pasaje para volver. “En ese momento me di cuenta que me gustaba organizar, ir al aeropuerto, hacer el check in, dar directivas y crear un itinerario”, recuerda. El segundo viaje implicaba volar todos juntos hasta Miami y luego, cada becario tomaba su rumbo dependiendo del lugar a donde iba.

Luis viajó solo ese año. Estaba ansioso por conocer Orlando, esa húmeda y pantanosa ciudad de la Florida. “En esa época, los únicos parques temáticos abiertos eran Circus World, Magic Kingdom y Sea World”. El mundo de Disney que vemos hoy casi no existía: afuera de ese lugar de fantasía, sólo se podía observar extensos campos sembrados de limones y naranjas.

El amor llegó de la mano del turismo

Después de cuatro años y medio de arduo estudio, Luis finalizó el cursado de la carrera de Contador Nacional. Dos años después conoció a Rossana De Fusco, quien se convirtió en su esposa, su confidente y madre de sus hijos. “Con Rossana ya llevamos 30 años de casados, es el amor de mi vida y mi agenda personal”, admite risueño.

Junto a su suegro, compraron la franquicia de una agencia de viajes y, durante unos años, decidieron apostar al turismo de viajes estudiantiles, pero la experiencia no fue lo que proyectaban: “Fuimos la agencia que más ventas a estudiantes hizo pero era un rubro que no veía la hora de dejarlo porque la universidad me marcó la palabra "ética", respetar a los clientes, cumplir lo pactado. Lamentablemente, el turismo estudiantil es bastante cruel y sanguinario”.

Por esa simple razón, decidió dejar de lado las ventas a Bariloche y enfocarse en vender paquetes más chicos y personales.  Allí fue que formó su propia agencia, Luis Japaze Tours, en el año 1991. “Me costó muchísimo. El turismo es lo más difícil que hay porque no es un negocio de moda. Cuando abrís, tenés que brindar un buen servicio para que la gente te conozca.

Disney: su marca registrada

Terminaba el primer año del segundo milenio cuando llegaron los años duros en Argentina y para que la empresa pueda seguir su camino, había que ser como un arquitecto: armar y diseñar, así que decidieron armar un paquete novedoso. El destino: las playas de Miami y la diversión de Orlando.  El primer grupo de la empresa fue de diecisiete personas. “En Orlando ya habían otros parques más pero todavía no existían Epcot, ni MGM ni Animal Kingdom”, recuerda Luis un poco nostálgico.

Lograr el reconocimiento que la agencia tiene el día de hoy costó mucho: desde hace dieciséis años que logra perfilarse como una empresa seria y confiable. Junto a Rossana y un gran grupo de coordinadores, la cantidad máxima que la empresa llevó a Estados Unidos fue hace dos años: mil chicos en cuatro grupos de doscientos cincuenta.

La política de servicio de la empresa es estar siempre al lado del pasajero y brindarles todo lo mejor, ya que los padres le confían lo más importante de sus vidas. “Tenemos buena asistencia médica, guía cada 15 pasajeros, llevamos gente de más. El año pasado empezamos a dictar cursos de inglés y de primeros auxilios”, se enorgullece.

Al crecer la demanda, Luis decide incorporar personas con la misma mentalidad de él: su familia. Sus hijos Guillermo, Federico y Ezequiel son los líderes de los otros grupos que no están dirigidos por su padre. “Ellos saben cómo pienso, qué quiero y a quién tienen que acudir si hay algún problema”. Todos los Japaze están al pie del cañón para que quinceañeras, chicos, grandes y familias enteras disfruten del viaje de sus vidas, un viaje en donde la idea es que todos sus sueños se vuelvan realidad.