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Detrás de cara bonita

Una tucumana suelta en Buenos Aires

Hija de uno de los arquitectos más reconocidos de Tucumán, exmodelo y actual ejecutiva comercial. Toda la historia íntima de Alejandra Mas.

Mucho más que una cara bonita / Foto Captura web

Es joven, linda, trabaja en Buenos Aires en una empresa de sistemas de fidelización e incentivos para monstruos comerciales. La pregunta es, ¿cómo llegó a conseguir todo eso?

Alejandra Mas es la pequeña de la familia: una hermana y un hermano le llevaban unos cuantos años de ventaja cuando ella nació. Su papá es uno de los arquitectos más reconocidos de Tucumán y eso siempre la hizo ser “la hijita de Danielito” y ser bien recibida a donde iba.

Su infancia fue feliz y sólo la rutina de un día de la semana la ejemplifican: los domingos se amanece tarde en la familia Mas, porque la noche del sábado es de delivery de tiras de asado con papas y una película compartida que termina un poco tarde. La mañana comienza con un desayuno preparado en conjunto: el papá busca las facturas (y de paso el diario) mientras que la mamá se encarga de tener lista la chocolatada para sus hijos. Poco después, Alejandra toma clases de música clásica, porque el señor Mas es amante de las voces de Bocelli y Pavarotti y le enseña a disfrutar de ellas. Ya más tarde comienza el fuego en la parrilla, como acostumbraban la mayoría de los hogares bien tucumanos, y se produce la llegada de los abuelos. Ahí los sonidos se comparten: la música clásica compite con los motores de Fórmula 1 que el abuelo de Alejandra sintoniza en el televisor. El almuerzo se comparte en familia.

“Esa era la rutina del domingo. Hoy en día tengo ese recuerdo y por ahí cuando estoy en Buenos Aires me viene mucho ese flashback y digo ‘ay, qué linda infancia que tuve’”.

Tafí del Valle también dejó marca en Ale. Desde pequeña iba a casa de su tía para jugar con sus plantas de lavanda: “Mi tía Paty era mi tía preferida en todo el mundo, era lo máximo. Ella y mi mamá eran culo y calzón y a mí, como era chiquita, siempre me llevaban”. Alejandra tenía primos y hermanos pero estaban lejos de dedicar su tiempo a jugar con ella: “Yo tenía 6 u 8 años y ellos ya iban a bailar al club”, explica. A pesar de eso, estos días en los valles, donde nuestra entrevistada se dedicaba a jugar en el patio de su tía preferida son catalogados como los mejores recuerdos que posee sobre Tafí.

Pero los días en esta villa veraniega no acaban allí. Más tarde, la familia Mas compra una casa sobre la ruta y se convierte en una especie de escuela de verano para niños y jóvenes: “Mi hermano llevaba a sus amigos, mi hermana a sus amigas y yo a las mías. Eran un quilombo de chicos que iban y venían. Había que cocinar tandas enormes. Era re divertido”, recuerda Ale y agrega que una de sus invitadas especiales era su amiga de toda la vida, Carolina.

Sobre este lugar nuestra entrevistada recuerda algo que, su voz la delata, la llena de nostalgia: los momentos que compartía con su hermana. Ambas se acostaban a tomar sol aunque, Alejandra explica, ella era tan pequeña que no entendía ni para qué debía estar bronceada, lo importante era estar con su hermana mayor e imitar lo que ella hacía.

“Me acuerdo que en esa época ella escuchaba Laura Pausini, le encantaba y yo me aprendí todas las canciones de los dos discos de esa época, porque yo quería estar con ella”.

La mayor de las hermanas Mas perdió la vida en un accidente de tránsito con su esposo, en enero del 2004, cuando iba camino a la playa. Por aquél entonces ya la familia no era lo que había sido antaño: los padres de Alejandra, aunque hasta el día de hoy son como mejores amigos, ya se habían separado.

Una carrera en ascenso

Alejandra tiene 17 años, está por terminar el secundario y no se decide qué estudiar. Arquitectura, medicina, psicología o administración de empresas: todas estas carreras la llamaban. Sin dudas a su padre le hubiera enorgullecido tener a alguien que siga sus pasos pero nunca la presionó: “Mis papás me dijeron  `hacé lo que vos quieras hacer pero siempre intentá ser la mejor´”. Así que Alejandra se decidió por la última opción.

Unos años de estudio en la Universidad católica de Tucumán la hicieron decidirse a trabajar en el marketing. Sin embargo, Alejandra no llegó a terminar, estaba ansiosa por abrir sus alas y partir a la ciudad de sus sueños: Buenos Aires. Se suponía que allí terminaría su carrera mientras trabajaba en algo relacionado pero hasta el momento no lo concretó: “Entre una cosa y otro el ritmo de Buenos Aires que te atrapa y, a pesar de que uno dice que no va a caer en la vorágine, terminás cayendo. Cuando me di cuenta era mitad de año, nunca me había inscripto así que nunca terminé mi carrera allá”, comenta.

Llegó a capital en el 2014 y comenzó a trabajar en una empresa de merchandising que la hizo crecer pero, poco después, no le fue suficiente. Necesitaba algo más, un trabajo que la llenara así que abandonó su puesto y comenzó a buscar uno que cumpliera con sus expectativas y eso le llevó tres largos meses.

“Ese tiempo no me gustaba nada, arañaba las paredes porque no me gustaba tener tanto tiempo libre. Me gustaba tener una rutina que me obligue a levantarme temprano y hacer cosas y soy tan hiperkinética que esos tres meses casi me vuelvo loca”.

Este período de inactividad fue recompensado con creces. Alejandra cuenta que se siente feliz en el trabajo que hoy le ocupa casi completamente su cabeza: es ejecutiva comercial de una organización que produce sistemas de fidelización e incentivos para grandes empresas, tanto para clientes internos como externos. Fue un desafío para ella, porque de estaba entrando en un área que no había explorado todavía, así que le siguieron algunos meses de arduo estudio para estar al nivel de las exigencias.

Hoy, a pesar de que todavía se considera una junior en su puesto, Ale se siente orgullosa de sus logros: “Me siento satisfecha y realizada porque puedo ir a las reuniones con empresas enormes sola. Mis clientes son aerolíneas, bancos, grandes empresas de electrodomésticos, cadenas de supermercados… Es un trabajo desafiante y mi jefa tiene la confianza en mí para mandarme sola”, declara.

Entre sueños y anhelos

Ale confiesa que su vida le enseñó que no se puede planear con demasiados detalles el futuro. Sin embargo, se anima a soñar un poco y nos cuenta lo que espera que sea de su vida dentro de unos cinco años.

Profesionalmente, Alejandra desea concretar un proyecto personal. Un poco esquiva para contar de qué se trata, simplemente adelanta que es algo que vio aplicado en Buenos Aires y funciona bastante bien, así que le gustaría implementarlo por sí misma.

En lo personal, a los 32 años nuestra entrevistada desea estar casada. Con hijos o no, eso va a depender de cómo se haya dado la relación con su esposo: “Me gustaría estar un tiempo con mi pareja, hacer varios viajes y conocernos entre nosotros y, si eso ya se hizo en el noviazgo, entonces sí, tener hijos”, señala.

Presionando un poco para que se anime a confesar más, Alejandra tira un número: tres. Ese es el número de niños que le gustaría tener y arriesga un poquito más, quiere que sea al menos una nena y un nene. “Me encantaría tener a una nena que sea coqueta y presumida, que me acompañe una vez a la semana a la peluquería a hacerme las manos y los pies. Pero el varón es el varón. Me gustaría probar ser madre de los dos sexos”, cierra Alejandra.