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Arte en las venas

Fernando Ríos: un artista a tiempo completo

Es uno de los personajes que mayor empuje ha traído para la movida cultural tucumana. Recorré aquí su vida.

Un hombre de arte de pies a cabeza Fernando en Muña Muña / Foto Lucas Santeyana

Su nombre es Fernando Ríos Kissner y es un artista. Pero no de esos artistas de título o profesión, él es un artista entero, de pies a cabeza. Nació en Rosario de la Frontera, viajó con su familia a Buenos Aires por un tiempo pero volvió a su ciudad natal a los nueve años.

Fernando cree que es por haber vivido en este pueblito, donde se disfrutaba de tanto teniendo tan poco, que hoy se dedica a crear nuevos mundos: “Era inventarse toda una vida si no, moría del aburrimiento. Siempre me pregunto hasta qué punto esto me llevó a que siempre tuviera que crearme mi mundo, porque crear mis bares es como crear mi mundo”, comenta.

En aquella época, Rosario de la Frontera no era lo que es hoy. Actualmente las nuevas tecnologías invadieron y acortaron las distancias pero, al mismo tiempo, alejaron a las personas. Por aquél entonces, en cambio, las clases sociales casi no existían: una sola escuela pública era el espacio de aprendizaje para todos los niños, un único cine era el punto de encuentro preferido. Tres o cuatro televisores en todo el pueblo hacían que los libros, el teatro y la imaginación fueran las únicas armas contra el hastío.

La personalidad tan original y fuerte de Fernando no parece disentir más de lo que la de su familia contrasta con respecto a las de sus vecinos de Rosario. La infancia de nuestro entrevistado inspiraba música, expiraba letras y transpiraba teatro. “Esto hacía que a los doce años dijera que quería estudiar teatro y fuera lo más normal del mundo, aun viviendo en el pueblo donde vivía”, nos explica.

A pesar de estos deseos de preadolescente de vivir arriba de las tablas, unos años después Fernando decidió estudiar ingeniería. Sí, no es un error, Fernando Ríos Kissner, el artista, actor y poeta, ese que lleva el arte en el alma y la sangre, estudió ingeniería. Cursó toda la carrera pero nunca se recibió y, para aquellos que lo conocen, eso no sorprende. A los 17 años, Fer se vino a Tucumán para comenzar estos estudios universitarios y aquí se estableció. Al principio vivió con su único hermano pero eso no duró mucho:

“No somos como muy famileros. Nos llevábamos re bien pero cada uno tiene como su historia. Somos hermanos pero muy distintos en nuestras vidas pero nos queremos y admiramos”

A pesar de sus diferencias, los hermanos Ríos siguen estando juntos, tirando siempre para adelante. Uno investigador y profesor universitario, el otro artista. Uno director de magíster y el otro dueño de espacios culturales. Uno “bicho de laboratorio”, el otro su antítesis: juntos, el complemento perfecto. Fernando confiesa que siempre pide a su hermano una opinión antes de comenzar un nuevo emprendimiento.

Quien también siempre apoya a este hombre tan multifacético es su concubina, Natalia, madre de su primera y única hija: Julia, de apenas año y medio. Fernando fue papá cuando ya había alcanzado medio siglo de vida. Fue una sorpresa, claro, pero una bien recibida. Aunque no reparó demasiado en los niños a lo largo de su vida, ahora es un papá baboso que ansía leer a su nena sus mejores libros y poder compartir con ella el amor por las tablas.

Un vanguardista hasta en los negocios

Fernando tenía 34 años, ya había dejado sus estudios inconclusos y trabajaba como profesor de física para los alumnos de ingeniería cuando cometió “una locura”: crear Plaza de Almas, su primer emprendimiento gastronómico.

Por aquél tiempo Tucumán tenía a la mayoría de los bares instalados sobre la calle 25 de Mayo o sobre la avenida Aconquija. Además, todos seguían más o menos las mismas características: una carta parecida, una estética bastante similar, el mismo tipo de iluminación. Nada de esto satisfacía los deseos de un comensal tan exigente como Fernando. Él ya había viajado mucho en su vida y en uno de sus viajes conoció a una mexicana que llegaría a dejar una marquita en su andar: Ruth. Esta joven vivía en Monterey, era hija de un artista que, además, era dueño de “La fonda de Andrés”.

Fernando confiesa: “Cuando conocí su negocio me partió la cabeza en mil porque era un negocio lleno de artistas toda la noche, dibujando, pintando. Era todo cultura. Por eso Plaza de Almas se llama `Fonda cultural´”.

La primera parte del nombre fue inspirado en una película y tiene algo de esa rebeldía linda de Fernando: “Venía de las `plazas de armas´, que eran espacios públicos muy comunes en formaciones militares, heredados de la colonia. Entonces pensé qué bueno sería cambiar `armas´ por `almas´ y me encantó el nombre. Y creo que fue un acierto porque en ese momento dio mucha curiosidad”, explica.

Y bajo estas influencias y la de otros lugares que había ya conocido, Fernando inicia su campaña para construir Plaza. No fue nada fácil porque llegaba a romper con muchos estereotipos; eligió para su construcción un espacio muy poco transitado por la noche (Santiago al 400), con apenas unas seis mesitas y algo completamente nuevo: este bar tenía la impronta de alguien que sentía y vivía por y para el arte. El primer Plaza de Almas, al igual que el que ahora conocemos, no era como los tradicionales bares que existían hasta el momento, fríos e impersonales; este nuevo negocio ofrecía a sus comensales un plus: le ofrecía un espacio pequeño y acogedor, donde prevalecían los afectos y los sentimientos, lleno de la hermosa subjetividad de los artistas.

“Fue muy loco todo porque fue una cosa demencial. Tampoco teníamos mucha guita. Nos costó un año para abrir ese bar. Yo compraba un cajón de cerveza y nos juntábamos con amigos a pintar las paredes, las mesas. Nos recibimos de electricistas, de carpinteros; todo para ahorrar”, rememora Fernando. La plata era escasa y la ayuda nula. Todavía recuerda que después de un año de trabajo fue a las cervecerías grandes de la provincia para pedir ayuda: colaboración a cambio de publicidad. Pero claro, como a muchos vanguardistas veían a Fernando como un loco (lindo, quizás, pero loco al fin), y nadie se animó a apostar a este nuevo proyecto. Después, claro, se arrepintieron.

“No hemos recibimos ayuda; pero cuando digo ninguna ayuda es ninguna, ni dos cajones y dos destapadores, nada. Por eso, nuestros locales no tienen ningún tipo de publicidad. No te puedo decir lo que nos han ofrecido y no (aceptamos), porque cuando te va bien, ¿qué sentido tiene que te ayuden?”.

Plaza de Almas fue el primer local que Fernando abrió pero no el último. La Malegría, El Árbol de Galeano y Muña Muña son otros que le siguieron. En todos ellos, Fer no perdió el concepto: la cultura es la protagonista: pinturas, artes plásticas, teatro, poesía: la creatividad se incluye en las cartas de los bares como condimento obligatorio a todas las comidas, sin excepción.

“Tu tiempo aquí será un suspiro”

Cuando se siente pasión por el arte, ésta crece y se contagia. Así que a Fernando ya no le alcanzaban sus locales para contener la enfermedad y comenzó a desbordársele por las calles tucumanas con Acción Poética. Y muy pronto Tucumán también quedó chico, así que se expandió a otras provincias argentinas, desde ahí, al resto de Latinoamérica e, incluso, llegó a cruzar el charco y golpeó las puertas de Le Monde Diplomatic.

Ni siquiera necesitamos explicar qué es Acción Poética porque ella misma se presenta desde hace tiempo en las paredes de la ciudad, a través de frases o palabras pintadas para mover (y conmover, tal vez) a los tucumanos. Y también esto surge, como casi todo lo que cuenta Fernando, con un poco de locura y mucho de accidente. Nuevamente, en esta historia Ruth va a estar presente: esta amiga de nuestro entrevistado fue quien le presentó el trabajo de Armando Alanís Pulido, el mexicano que impulsó esta labor de llevar la poesía a la calle.

En aquél entonces Fernando estaba enfrascado en dos obras teatrales, Derecho torcido y Frankenstein, y de pronto ambas fueron bajadas de escena. Y como este actor pasa de una cosa a la otra rápidamente, porque odia el hastío, entró en contacto con Armando para impulsar la iniciativa en Tucumán. El mexicano accedió encantado a ayudar y le dio a Fernando “unas tres reglitas básicas” para seguir. Lo que nunca esperaron fue que eso creciera tanto como para superar las fronteras y unir al mundo en la música de la poética.

Acción Poética llegó también para aquellos que no pueden ver las calles de la ciudad. El Instituto Roca y Villa Urquiza también gozan de la poesía. Fernando integra un programa que busca reforzar el trabajo de los docentes y, a la vez, darles la posibilidad a los reclusos de poder ganar un poquito de libertad: la de embellecer con sus propias palabras el espacio que deben habitar.

Nuestro entrevistado no sólo valora las frases de los grandes literatos, sino también las que les compartieron estas personas que perdieron su libertad. Una de ellas se escucharon en el Instituto Roca: cuando les preguntó a los adolescentes qué les hubiera gustado ver al ingresar por primera vez a la institución, uno de ellos respondió: “Tu tiempo aquí será un suspiro”. Ahora, estas palabras quedaron grabadas en el patio del Roca y también en la mente de Fernando.

No es casual, parece, que nuestro artista recuerde esta frase. También él, un poco sin darse cuenta, coincide con esta perspectiva; cuando se le pregunta qué conclusión sacó después de tantas vivencias, él responde: “la conclusión es que para mí no hay tiempo. Así que cada día es como que tiene que pasar cosas porque si no, es tremendo”.

Sus proyectos surgen y siguen prosperando. Se espera que El Árbol de Galeano ahora se convierta en un club: El club cultural del árbol de Galeano. Fernando continúa creciendo y, de su mano, también la movida cultural de toda la provincia. Ante este gran personaje tucumano y tanto trabajo realizado, no queda más que decir: ¡Chapau, Fernando!